El físico sí que importa

El cuerpo humano ha sido un inagotable objeto de estudio figurativo desde tiempos prehistóricos. En una heterogénea línea que abarca desde el interés atávico por las venus paleolíticas hasta la deformación del rostro en los retratos conceptuales de Francis Bacon, no resulta complicado señalar ciertas constantes. En concreto, como consecuencia de siglos de cultura cristiana, la figura masculina por excelencia en la representación del cuerpo humano dentro del arte occidental es el hombre doliente con llagas y cardenales (no me refiero, por si hay dudas, a este J. C., sino a este).

Michael Fassbender y Liam Cunningham hablan sobre el IRA, las carreras de campo a través y el acento de Cork.

Michael Fassbender y Liam Cunningham hablan sobre el IRA, las carreras de campo a través y el acento de Cork.

En su primer largometraje, Hunger (2008), el videoartista británico Steve McQueen indaga en esta tradición al tiempo que nos muestra el deterioro físico de su mesiánico protagonista, Bobby Sands (Michael Fassbender), líder de la huelga de hambre iniciada por varios miembros del IRA en la norirlandesa prisión de Maze en 1981. A pesar de que el mártir protagonista no aparece en pantalla hasta bien entrado un tercio de metraje, Sands actúa como elemento vertebrador de la cinta. Sin embargo, la estilizada y esencial realización de McQueen no requiere de convencionalismos discursivos. La mirada depuradora del autor busca una experiencia puramente corporal a partir de la puesta en escena aséptica y, paradójicamente, cerebral. Elementos narrativos como la violencia institucionalizada, que en otras manos darían pie a un exceso emocional que podría estar justificado, adquieren en Hunger nuevas y desasosegantes profundidades gracias al punto de vista aparentemente frío y distanciado. El control de McQueen sobre el medio cinematográfico queda ejemplificado en los planos fijos, eternos, del carcelero fumando bajo la nieve, o del celador fregando el pasillo de la prisión. Esos momentos de calma ponen de relieve cómo el engranaje burocrático avanza inexorablemente antes y después de la barbarie.

Hunger participa de la visión simbólica del cuerpo humano como espacio de confrontación de poderes e intereses políticos, religiosos o sexuales. Se trata de una idea omnipresente en la crítica feminista, de cuya vigencia da buena cuenta la nueva ley del aborto del PP. Las políticas del cuerpo son precisamente las que interesan a McQueen. El que busque cine de denuncia en el que el contenido ideológico o moral figure en primer plano que acuda a Ken Loach o Jim Sheridan. En Hunger, el cuerpo de Fassbender es el escenario donde se libra la batalla entre el individuo y el estado. En un intento de huir de maniqueísmos, el guion relega a verdugos y víctimas individuales al papel de peones al servicio de la maquinaria del poder institucional. De ahí el acercamiento humanístico a los guardias de seguridad o los miembros de las fuerzas especiales llamados a poner orden durante el amago de motín en la prisión. Donde el cuerpo nos pide encontrar sádicos defensores de la ley (que no de la justicia), la pantalla nos ofrece individuos dominados por el miedo y carentes de autonomía.

Tráiler de Hunger, edición Criterion Collection.

La poco convencional narración prescinde de diálogos casi por completo, apoyándose en imágenes de gran carga simbólica (como la mosca que visita a los presos en una de las escenas iniciales) para hacernos comprender la motivación y el dilema de los personajes. La excepción viene en la escena climática en que Sands informa al cura de su decisión de sacrificarse por una causa mayor: un plano fijo de más de quince minutos, de claro gusto teatral, con un rápido intercambio de réplicas y contrarréplicas que Aaron Sorkin podría haber firmado de haber nacido en Irlanda. El guion esboza la clásica dialéctica religioso-filosófica de determinismo y libre albedrío, base de novelas como La naranja mecánica. La fuerza totalizante del estado aparece representada, como si de un Gran Hermano se tratase, por los discursos intercalados de Margaret Thatcher. Sin llegar a aparecer en pantalla, su mirada se siente en todo momento: la dama de hierro vigila y determina, a imagen del panóptico foucaultiano, los movimientos y decisiones de Sands y sus seguidores.

Entre los méritos de Hunger se encuentra una singular capacidad para producir desasosiego. Hay algo sádico en la morbosa satisfacción que siente la espectadora ante el espectáculo que solo el cine (y quizás la performance más extrema) puede ofrecer: la transformación radical y voluntaria del cuerpo humano. Por ello, el último comentario ha de mencionar a Fassbender, quien logra la interpretación más físicamente inquietante desde el Christian Bale de El maquinista. Su entrega al personaje refuerza el poder de Hunger como experiencia sensorial, una cinta que salpica a la audiencia de sudor y sangre, le hace sentir el tacto de moscas y gusanos en la piel, el escalofrío que sucede al contacto con la herida abierta.

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