Miedo a un planeta negro

Pino (John Turturro) es un treintañero italoamericano que desde el local de su padre, Sal’s Famous Pizzeria, en el corazón del Brooklyn negro, hace a clientes y espectadores partícipes de su odio hacia los afroamericanos. Pino es uno de los varios personajes planos y caricaturescos de Haz lo que debas (1989): comienza odiando a los negros, termina odiando a los negros. La preocupación de Spike Lee no es el desarrollo de personajes, sino contraponer visiones del mundo. Sin embargo, una conversación entre Pino y el repartidor de pizzas negro, Mookie (el propio Lee), sugiere una nueva dimensión del personaje.

Lee hace lo posible por subrayar la importancia de la escena: situada a mitad de metraje, con la cámara llevándonos a un rincón apartado junto con los personajes y acompañada de música extradiegética que pone al espectador en guardia. Aunque a regañadientes, Pino admite ante Mookie su admiración por Magic Johnson, Eddie Murphy y Prince. “Pero no son negratas”, puntualiza Pino. “Son negros pero no son realmente negros”. Aunque Pino no destaque por lo articulado de su discurso y su labor como sociólogo deje mucho que desear, sus palabras encierran una verdad.

Tal como nos enseñan Michael Omi y Howard Winant, la sociedad estadounidense se caracteriza por la rígida jerarquización en términos de diferencia racial. En este contexto, lejos de mejorar la situación de la comunidad afroamericana, las estrellas del mundo del espectáculo admiradas por Pino representan la comodificación del sujeto negro (del cuerpo negro, sería más preciso decir, o quizás del cuerpo y la voz, en el caso de Prince). Esto es, el sujeto negro se convierte en una mercancía destinada a asegurar el disfrute y entretenimiento de la audiencia privilegiada. En realidad, los intereses de esos pudientes individuos racializados se corresponden con los de la hegemonía blanca. (Racializado, por cierto, es un término sociológico que suele adscribirse de manera intuitiva a todo aquel individuo que no es blanco: los blancos también tenemos raza, sí, pero ¿qué mejor truco para asegurar nuestro privilegio que hacer pasar nuestras costumbres, nuestro modo de vida, a nosotros mismos por la norma, el estándar contra el que juzgar e interpretar al Otro? Los negros son negros; los blancos somos personas). Así, por muy oscura que sea su piel, Eddie Murphy, Magic Johnson o Prince viven en mansiones y ni ellos ni sus familiares tienen dificultades para acceder a los mejores servicios de educación o sanidad; son blancos en términos socioeconómicos.

Dicho de otro modo, Pino nos ofrece una valiosa enseñanza: la raza es una construcción, una variable sociológica que, al igual que el género, la sexualidad o la clase social, no responde a una realidad esencial. En el día a día, las personas interpretan un papel que refuerza su identidad tanto individual como social. El futbolista que escucha con orgullo (fingido o real) el himno español antes de un choque internacional está “actuando como español”; los grupos de jóvenes que se giran al cruzarse con una chica y le gritan obscenidades (se sientan o no atraídos por ella) están “actuando como hombres heterosexuales”. Podemos denominar a estas acciones cotidianas “actos performativos”. Este tipo de actos, gracias a los cuales los sujetos refuerzan su pertenencia a un grupo social determinado, aparecen ejemplificados en el filme de Lee a través del personaje de Buggin’ Out (Giancarlo Esposito).

Las playeras de la discordia.

Las playeras de la discordia.

El mensaje de Haz lo que debas resulta deliberadamente ambiguo, como sugiere la contraposición de citas que cierra la película: el combativo Malcolm X vis a vis el conciliador Marthin Luther King, Jr. Asimismo, el personaje más decididamente consciente de su pertenencia a un grupo racial oprimido termina destacando como ejemplo de ambivalencia. Buggin’ Out organiza un boicot contra la pizzería de Sal para reclamar que en sus paredes algún brother haga compañía a Sinatra y Pacino. La performatividad de su identidad negra se consolida a través del símbolo de sus zapatillas Nike Air Jordan, convertidas en objeto de reverencia y orgullo étnico. La escena en que un blanco se las ensucia accidentalmente encapsula con brillantez siglos de opresión racial.

Lo que Buggin’ Out parece (o prefiere) ignorar es la cadena de opresión internacional que se puede rastrear desde la confección de sus zapatillas en fábricas del Tercer Mundo por trabajadoras (no blancas) viviendo bajo el umbral de la pobreza hasta llegar a la tienda neoyorkina donde las ha adquirido. (Digresión: resulta llamativo que a excepción de Mookie o del dj interpretado por Samuel L. Jackson, el grueso de personajes negros de la película no parece tener profesión conocida; durante el caluroso día y medio que cubre la narración se dedican a vagar por las calles de Brooklyn. ¿De dónde ha sacado el dinero Buggin’ Out para comprarse unas Nike?)  

Los olvidados en el cine de Lee llevan a un último aspecto problemático de Haz lo que debas. El guion solo deja entrever la situación de las mujeres racializadas como grupo doblemente amenazado en un patriarcado racista. Tina (Rosie Pérez), la amante hispana de Mookie, asume toda la responsabilidad en el cuidado del hijo de ambos (con la única ayuda de su madre… ¿viuda? ¿Divorciada? ¿Soltera? Otra generación sin padre a la vista). En las escenas finales, tras los previsibles disturbios y la muerte de un chico negro a manos de la policía (un par de años antes de Rodney King, un par de décadas antes de Trayvon Martin), Buggin’ Out consigue para Malcolm X y King, Jr. un lugar en las paredes de la pizzeria. Sal’s Famous, devorada por las llamas, luce como símbolo de la incapacidad de reconciliación racial en el país. Aún así, tras dos horas de calor, enfrentamientos verbales y desorden callejero, llega el ansiado reconocimiento a los brothers. Las sisters tendrán que esperar su turno.

dotherightthing-ending

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