Del fútbol como entretenimiento

El fútbol también da para pensar.


Solo un caso agudo de miopía cultural puede llevar a cuestionar el valor sociológico del deporte. En el ámbito francés, Pierre Bourdieu disecciona las prácticas deportivas como una actividad institucionalizada que conforma un “habitus”, es decir, actos sociales cuya práctica y consumo revela implicaciones de pertenencia a un grupo social. El italiano Umberto Eco resalta la vacuidad del discurso deportivo propagado desde los medios de comunicación. El canadiense Kevin Young señala el mundo del deporte como caldo de cultivo de actitudes violentas, dentro y fuera de la cancha. Y quizás la más brillante de todas, la australiana Raewyn Connell, denuncia el hipermasculinizado mundo del deporte por propagar una visión totalitaria de la masculinidad, de manera que el atleta profesional (heterosexual, temerario, agresivo, hipersexualizado) epitomiza la masculinidad hegemónica. Todas estas dimensiones del deporte me interesan desde un punto de vista académico; pero a ellas añadiría una muy obvia que se deja sentir, inadvertidamente, en mi día a día: el deporte (concretamente, el fútbol) como entretenimiento.

Que el fútbol tiene hoy día más de producto de consumo que de actividad lúdica o competitiva es una certeza absoluta del mundo occidental, acompañada las más de las veces de un anhelo por la época en que jugar, participar o competir contaban más que ganar o vender. Desconozco si tal tiempo existió, o si es un ejemplo más del poco fiable “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Lo que sí puedo decir sin ruborizarme (mucho) es que me gusta (no mucho) el fútbol, pero como distracción. Desde que Nick Hornby legitimase la afición por el fútbol para el público indie con Fiebre en las gradas (1992), una confesión como esta resulta poco comprometida. Hilando más fino, diré que no soy futbolero, pero me gusta el fútbol. Para la inmensa mayoría de aficionados, y también para la RAE, esto sonará a incongruencia. Intentaré explicarme.

Mi hermano es un fanático del fútbol, de esos a quienes la derrota de su equipo les cubre con un manto de mal humor que no se quitan hasta bien entrada la semana. En cambio, si enciendo la radio un domingo por la noche y me entero de que mi equipo ha perdido (o se ha dejado empatar después de adelantarse y jugar con uno más durante tres cuartas partes de partido), como mucho chasqueo la lengua o suelto un “ya estamos” entre dientes. Que me conforme con enterarme del resultado un rato después de acabado el partido ya es significativo. Un futbolero no dejaría de ir al estadio cada quince días, o si se juega a domicilio, vería el partido por la televisión o lo seguiría por la radio autonómica (este es el sino de los aficionados de equipos pequeños, acostumbrados a deambular por categorías inferiores). En el peor de los casos, estaría al tanto de los lances del juego a través de las actualizaciones online escritas que te obligan a pulsar F5 cada dos por tres para no perder detalle.

Estas narraciones en tiempo real (que en cierto modo resultan más arcaicas que las retransmisiones radiofónicas) tienen para mí un encanto especial. Me llevan a otro tiempo (o mejor dicho, me hacen imaginar otro tiempo, pues yo nunca lo he vivido) en el que los aficionados se quedaban en sus casas pegados al transistor, escuchando hazañas de futbolistas y equipos desconocidos, o de los que se tenía noticias solo a través de la prensa. Con las narraciones por escrito, en vivo y en directo, habituales en la edición virtual de los periódicos deportivos o generalistas, la imaginación del usuario también juega un papel fundamental.

Emociones fuertes a golpe de F5.

Emociones fuertes a golpe de F5.

Si en el minuto 57 el becario de turno escribe “UYYYY! Iniesta recorta dentro del area y dispara altoooo. CRACK” (emulando el lenguaje oral con el mismo desparpajo que un guionista de Al salir de clase), uno no puede evitar ver esa jugada en su cabeza: un precioso quiebro con la izquierda, de afuera hacia adentro, en el pico del área, y un derechazo cruzado que se escapa de la escuadra por centímetros. Poco importa que un vistazo casual al resumen en el noticiario del lunes muestre un recorte no tan limpio o un disparo horrible que se va fuera tres metros por encima del arco después de ser desviado por la rodilla de un defensor. La jugada imaginada queda registrada con mucha más fuerza que la real, especialmente cuando esta nos llega sin gas, horas o incluso días después de que tuviera lugar. Del mismo modo que no hay nada más antiguo que el periódico de ayer, pocos eventos guardan menos emoción que un partido en diferido.

En mi experiencia, la diferencia fundamental entre un futbolero y un simple aficionado es la siguiente: si un día me quedo a ver un partido de mi equipo por televisión, y los míos están haciendo el ridículo (nada nuevo) y cayendo 0-3 en el minuto 65, no tengo mayor reparo en apagar el aparato y coger un libro. Soy consciente de que no hay mayor afrenta para los aficionados más pasionales (que es como decir los aficionados a secas; en el fútbol la pasión es como el valor en la mili: se da por supuesto), y que si repitiese ese gesto en un estadio entre hinchas de mi mismo color, no dudarían en gritarme que las ratas son las primeras en abandonar el barco. Lo que no tendrían en cuenta es que defiendo un acercamiento al fútbol similar, en cierto modo, a mi manera de afrontar una película o una novela de poco calado artístico: como una forma menor de entretenimiento narrativo, con su planteamiento, su nudo y su desenlace, en la que un 4-4 resuelto en los penaltis tras 120 minutos de desenfreno equivaldría a una cinta de aventuras dirigida por Spielberg, y un duelo táctico sin goles a un clásico de Ozu.

Pasarlo mal no entra dentro de mis prioridades. Si a los veinte minutos de metraje una película no me aporta nada y me desagrada en exceso, ¿por qué razón iba a quedarme viéndola? Esto me recuerda a un último fenómeno muy curioso que se da en los estadios, y que parece contradecir mi teoría sobre el fiel futbolero. Es habitual que las cámaras de televisión enfoquen a cantidades industriales de hinchas abandonando el campo… ¡a cinco minutos del final! Quieren evitar aglomeraciones, nos informan los omniscientes comentaristas. Pero, ¿acaso tendría algún sentido abandonar la sala de cine, después de aguantar una hora y cuarenta minutos de visionado, sin saber si el agente secreto conseguirá desactivar la bomba nuclear? Puedo entender que alguien la abandone a los diez minutos, después de comprobar que el agente es tan guapo y valiente y cínico como los agentes de cien películas anteriormente vistas; pero no a falta de cinco minutos, solo para asegurarse una salida limpia del cine, sin tener que dar o sufrir algún empujón.

Siguiendo la máxima atribuida a Bill Shankly (“el fútbol no es una cuestion de vida o muerte, es algo más importante que eso”), para el futbolero este deporte nunca se reduce a un simple discurso narrativo. Por eso no tiene reparos en abandonar el estadio sin sufrir la frustración a la que se enfrenta el apasionado de la narrativa: quedarse sin conocer el final de la historia.

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