Aullando a las puertas del cielo

En los pasillos de la compañía de corretaje Stratton Oakmont, escenario de bacanales sexuales y económicas, un bróker destroza, sin motivo aparente, su bate de béisbol contra el suelo enmoquetado. Esta regresión al mundo de los instintos del simio de 2001 (contrapicado incluido) es el preludio de una odisea que tiene poco de viaje iniciático: la del Homo americanus en su intento por acumular posesiones.

Frank Sobotka, el estibador que centra la trama de la segunda temporada de The Wire (2002-2008), radiografía con acierto el estado del mundo laboral en los Estados Unidos: “Solíamos hacer cosas en este país, construir cosas. Ahora nos limitamos a meter la mano en el bolsillo del tipo de al lado”. A buen seguro, Jordan Belfort, el lobo de Scorsese, le daría la razón en el diagnóstico. En cierto modo, ambos personajes comparten una visión del mundo. Pero mientras la construcción del personaje de Frank, líder sindical y representante de una asfixiada clase obrera, responde al tono dramático y trascendental de la serie –a medio camino entre la tragedia clásica y la novela realista-naturalista decimonónica–, Jordan, farsante por antonomasia –tanto fingidor como protagonista de una farsa– se regodea en su incapacidad para producir algo tangible. Su reino no es de este mundo (material): su empresa no fabrica barcos ni coches, ni siquiera recurre a billetes o monedas para cerrar sus tratos; todo se reduce a números en un papel. Frank (quien, negocios turbios aparte, se gana la vida en el mundo de trabajo físico de los astilleros) se muestra consciente del drama una vez su caída es inevitable. Jordan, en cambio, reconoce el pecado original en su momento de gloria, lo que no implica una reevaluación moral de su conducta: entre ser rico y ser pobre la elección no deja lugar a dudas.

El símil con la figura del lobo ofrece lecturas variadas, puesto que Jordan representa al macho alfa herido en su masculinidad, liderando la caza de la gran ballena blanca del dólar. Cuando la condición de hombre se compra con dinero, el fracaso en los negocios implica inevitablemente una emasculación, como muestra la última escena de sexo con Naomi. La impotencia del narrador-protagonista, sobradamente documentada a lo largo del metraje, se compensa con un frenesí, un intento por montar a todo bicho viviente que se lleva al extremo grotesco en la escena del avión. No hace falta jugar a ser Freud para constatar el proceso de sublimación que dibuja el guion de Terence Winter: en El lobo de Wall Street (2013), los símbolos fálicos son cualquier cosa menos sutiles, desde el yate Naomi hasta los rascacielos de la capital mundial de los negocios.

El pecado que hace inevitable la caída de Jordan Belfort nace de la degradación del sueño americano, entendido ahora como simple acumulación de riqueza. El estilo de Scorsese se amolda a la forma de actuar de sus personajes: también funciona aquí por acumulación, buscando que cada fiesta sea más ruidosa, más cara y con más prostitutas que la anterior. El colapso de la torre de Babel de la indecencia construida con dedicación durante tres horas es el único fin posible. La película obvia que es el ciudadano de a pie quien muere asfixiado entre los escombros del edificio mientras sus ocupantes escapan en helicóptero (aunque sea, como en el caso de Belfort, previo peaje de unos meses en prisión).

Scorsese logra lo que su discípulo Tarantino lleva años buscando: reutilizar materiales genéricos de poco calado (comedia adolescente, slapstick) para crear una obra personal y coherente con la carrera del autor. Narrativamente, la historia de ascenso y caída se ha visto mil veces, varias de ellas en trabajos anteriores del mismo director. Ahora bien, cintas como Goodfellas (1990) proyectaban una problemática fascinación hacia el mundo de trajes elegantes, códigos de honor heredados del viejo mundo y jerarquía rígida donde, aún así, la movilidad interior era resultado de los méritos objetivos. Esa fascinación podía llegar a nublar el rechazo de la violencia por parte de la espectadora, quien seducida por la elegancia del movimiento de cámara scorsesiano llegaba incluso a empatizar con un psicópata de la talla de Joe Pesci. En cambio, en este biopic, los trajes son caros pero cutres, los valores del viejo mundo no están asimilados sino olvidados, y la amistad tiene el mismo valor que la palabra de los agentes de bolsa: el de un gran fugazi.

El tono es la clave para ofrecer algo distinto, a ratos farsa, sátira o caricatura. Por ello, la obra con la que más acertadamente podría comparase El lobo de Wall Street es Money (1984), novela de Martin Amis. Su protagonista, John Self, al igual que Jordan, busca la gratificación inmediata. Ambos viven existencias marcadas por la adicción (al tabaco y las drogas, al sexo y la pornografía), lo que permite a Scorsese y Amis hacer comedia a partir de una sociedad enferma, en la que el principal objetivo no es tanto conseguir, sino conseguir más. “El dinero es una ficción, una adicción”, reconoce Self, encantado, no obstante, de sufrir las consecuencias de tenerlo en abundancia.

Wolf-4

Advertisements
This entry was posted in cine and tagged , , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s