La canción más poética del mundo (ensayo-ficción)

Una tarde otoñal de 1979, el joven Steven Patrick Morrissey trata de forzar la cerradura de la entrada de empleados de una vieja fábrica de tejidos a orillas de los canales de Manchester.[1] Es un veinteañero con un propósito: componer ininterrumpidamente para, al amanecer, tener en sus manos la canción pop más poética de la historia.

Morrissey en 1979. Hay vida antes del tupé.

Morrissey en 1979. Hay vida antes del tupé.

“Si la torpe de Mary Shelley,” pensaba Steven, “fue capaz de parir, en las mismas circunstancias, mutatis mutandis, su Frankenstein, ¡siendo poco más que una niña!, qué no podré hacer yo…” (Obsérvese que nuestro protagonista abusa de las comas en sus pensamientos).

Como la puerta no cede, Steven rompe con uno de sus zapatos de cuero la parte baja de un ventanal (Steven ama las vacas, pero nunca se rebajaría a calzar zapatos sintéticos). A pesar de la comodidad tentadora de la silla del despacho de dirección, nuestro héroe decide iniciar su labor en un lugar más adecuado para el trabajo del artista atormentado: un rincón húmedo de lo que tiempo atrás había sido el vestuario.

En su cuaderno figuran ya los dos versos iniciales: “A dreaded sunny day, / So I meet you at the cemetry gates”. Su intención es comenzar con una contradicción, cercana al oxímoron, en la contextualización de la historia. Si el sol acostumbra a implicar vida, luz, alegría, el “yo” de su canción habrá de reunirse con su acompañante en un soleado día… de pesadilla.

Mientras piensa en los siguientes versos, Steven no puede evitar alargar juguetonamente la cola de la “y” en “you”. En su mente fantasea con ese muchacho cejijunto con el que compartía clase en la escuela de secundaria de Santa María, a quien siempre quiso proponer una visita conjunta al cementerio municipal del sur de Manchester. A causa de su timidez crónica, Steven ha tenido que conformarse con llevar la foto de su numen en la cartera, en un lugar de honor junto a imágenes de James Dean, Pat Phoenix y Oscar Wilde. A pesar de los placeres audiovisuales proporcionados por el rebelde sin causa y la estrella de Coronation Street, el reto consiste en crear la canción más literaria posible. Así que mencionar al dandi dublinés se antoja ineludible: “Keats and Yeats are on your side / While Wilde is on mine” (esa última aliteración de “While Wilde” se sube a doble o nada en la estrofa final con “weird lover Wilde”). La letra pone en competencia a tres grandes orfebres de la belleza, concepto que también obsesionará a Steven.

Pero salpicar el texto de literatos de prestigio es un atajo del que nuestro protagonista no debería abusar: Steven sabe que ha de crear por sí mismo. Tras el muy vistoso juego de palabras en “we gravely read the stones” (“grave” como “serio” o “grave”, pero también como “tumba”), saca de su maletín escolar (este sí, de plástico imitando la piel de cocodrilo) el manual de Lengua y Literatura de Segundo de BUP. Sección tópicos latinos: ubi sunt? con unas gotitas de tempus fugit y pregunta retórica incluida: “All those people, all those lives, / Where are they now?”.

El bueno de Steven siempre ha hecho gala de un hiperdesarrollado gusto por el pathos. Por si la fugacidad de la existencia y la vanidad de la vida terrena requiriesen mayor comentario, el pequeño artista aclara sobre los habitantes del cementerio: “With loves, and hates, / And passions just like mine. / They were born and then they lived and then they died”. O dicho de otro modo, entre la cuna y la sepultura media un suspiro. No es de extrañar que aquí el modelo sea Quevedo, el más anglosajón de los clásicos españoles.

(Enlace para los amantes de la verdad.)

Pero el corazón de Steven siempre ha sido inglés (y su sangre irlandesa), por lo que se le antoja inevitable citar al viejo William (it was really nothing) para dotar a su composición de mayor peso. Por muy irreverente que seas, no es fácil escapar de la presión del canon: “You say: ‘Ere thrice the sun done salutation to the dawn’, / And you claim these words as your own. / But I’ve read well and I’ve heard them said / A hundred times (maybe less, maybe more)”.

Aunque en el fondo suscriba las palabras de Picasso: “Los grandes artistas copian, los genios roban”, Steven se asigna en los versos siguientes el rol del pedante defensor de la integridad académica (sin necesidad de haber ido a la universidad para reconocer a ese espécimen): “If you must write prose-poems / The words you use should be your own. / Don’t plagiarise or take on loan. / Cause there’s always someone, somewhere, / With a big nose, who knows”.

A pesar de la muy noble empresa en que se ha embarcado, en el fondo Steven es un chico sencillo, con preocupaciones mundanas como no acostarse con el estómago vacío o evitar ser apuñalado por ese yonki mancuniano que no deja de asomarse por la cristalera (y que bien podría ser uno de sus compañeros en los Nosebleeds). Por ello, decide que una estrofa más y se puede dar por satisfecho (al fin y al cabo, ¿cuáles son las probabilidades de que le haga sombra otro genio rarete del norte de Inglaterra en los próximos años?)

Así y todo, hay tiempo para un último juego con el oyente: “You say: ‘Ere long done do does did’, / Words which could only be your own. / And then produce the text from where was ripped. / (Some dizzy whore, 1804)”. Algo no acaba de convencerle de estos versos, hasta que por fin da con la tecla: ¿por qué escribir un corrientucho “where” cuando puede utilizar el mucho más arcaico “whence”? Dicho y hecho: “From whence was ripped”. Pero la sustitución produce un efecto inesperado en nuestro protagonista. Quien se asomase a la ventana translúcida de los antiguos vestuarios descubriría a Steven con un gesto más contrariado de lo habitual. Es poco más de medianoche, pero ha llegado el momento de volver a casa. Un sabor amargo empaña lo que tendría que haberse sentido como un logro. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. “Triste presente el de la música pop,” reflexiona un desengañado Morrissey, “cuando cambiar ‘where’ por ‘whence’ equivale a hacer poesía”.

El resultado del reto, siete años después (y Johnny Marr mediante).

 

[1] Quien dude de la veracidad de esta historia, que no continúe leyendo.

Advertisements
This entry was posted in música and tagged , , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s