La falacia del final feliz de la esclavitud

Dejemos a un lado la deliciosa obscenidad de que Brad Pitt, productor de 12 años de esclavitud (2013) y padre de una familia United Colors of Benetton en la vida real, se haya reservado el papel de emancipador de la comunidad negra. “Si hubiera justicia, yo no sería un esclavo”, lamenta Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor) ante su futuro salvador, Samuel Bass (Pitt). John Ridley, el elitista responsable del libreto de 12 años de esclavitud, prefiere ignorar que la auténtica injusticia no radica en la situación particular de Solomon sino en la institucionalización de la esclavitud durante buena parte de la experiencia nacional estadounidense.

Uno de los poderes del arte es su capacidad para iluminar el mundo a través de la articulación de experiencias personales, tanto reales como ficticias. 12 años de esclavitud y Django desencadenado (2012) representan el reverso oscuro de ese poder. El caso (real) de Solomon Northup y el (ficticio) de Django son excepciones que buscan tranquilizar a la audiencia (blanca). Los propios títulos de las cintas anuncian la falacia que promocionan: Django se ha liberado de sus cadenas; la esclavitud no ha durado más de doce años. Las espectadoras se retiran a sus casas satisfechas de que la discriminación racial se haya superado. Excepto: no.

Resulta inverosímil y hasta moralmente reprobable realizar una película que trate el tema de la esclavitud prescindiendo de una lectura política. McQueen y Tarantino logran tal proeza. Sus protagonistas solo tienen interés en su propia libertad, y sus acciones en ningún momento buscan mejorar la condición de aquellos en su misma situación. Ridley podría aprender de la capacidad de Toni Morrison para, partiendo de la vivencia individual, arrojar luz sobre la Historia (con “h” mayúscula). En Beloved (1987), las cicatrices en la espalda de Sethe, la esclava fugitiva, toman la forma de un cerezo, creando así al tiempo una radiografía del dolor personal y un árbol genealógico de la esclavitud como experiencia comunal y memoria colectiva.

Solomon y Django aparecen dibujados como individualistas radicales en la mejor tradición de la cultura WASP, la misma que en su confianza ciega en los principios ilustrados del derecho personal (es decir, del hombre blanco) a la propiedad privada contribuyeron a cimentar y expandir la esclavitud en primer lugar. Una excepción sugiere lo que la película podría haber sido de haber adoptado una visión más amplia e integradora: la imagen de comunión durante los cantos espirituales en el funeral de Uncle Abram.

Por supuesto, la individualidad de Solomon y Django alcanza hasta donde interesa al privilegiado. Y es que solo las acciones de los bondadosos blancos Samuel Bass y Dr. Shultz (Christoph Waltz) propician la liberación de los protagonistas. La industria cinematográfica se empeña en ocultar las muy comunes revoluciones de esclavos que, huelga decirlo, no contaban con ningún apoyo del opresor, desde la Revolución haitiana hasta la rebelión frustrada de Nat Turner. Como denuncia Willie Osterweil, “nunca aprenderías viendo películas de Hollywood que una sola esclava se liberó a sí misma”.

La aparición del propio director en una de las escenas finales de Django desencadenado, interpretando un personaje que no requería más que el trabajo de cualquier actor secundario solvente, se antoja un intento desesperado por robar a Django cualquier protagonismo. “Esta película es sobre , no sobre la venganza de un esclavo”, parece decir Tarantino, como si después de dos horas de metraje quedase alguna duda al respecto.

Nadie dijo que la labor de representación de la esclavitud fuera fácil. A imagen de los trabajos de historiadores como Berel Lang o Hayden White a propósito del Holocausto judío, resulta relevante cuestionar si la esclavitud estadounidense puede ser representada en una obra de ficción. Tarantino y McQueen responden afirmativamente, aunque desde distintos presupuestos, con sus películas.

Tarantino, adalid de las películas sobre películas, convierte la esclavitud en un cruce de spaghetti western, buddy movie y comedia adolescente. Las críticas no se hicieron esperar.

spikeleetwitter

En una de las escenas supuestamente cómicas, pero que no desentonaría en una secuela de Dos tontos muy tontos (1994), los miembros del KKK muestran su inutilidad para preparar una emboscada. Pero, ¿qué tenemos que inferir sobre la capacidad intelectual o de resistencia de los esclavos, cuando sus opresores parecen sacados de un episodio de Jackass? ¿Cuál es el resultado de menoscabar la fuerza de uno de los brazos armados (e ideológicos) más potentes del terrorismo blanco? ¿Quién sale peor parado de la parodia?

A ese acercamiento grotesco y juguetón, Steve McQueen responde con una pornografía del dolor, un realismo exacerbado que deja poco lugar a la imaginación a la hora de recrear las dinámicas violentas de la relación amo-esclavo. (Las fantasías sadomasoquistas que puede haber evocado el ritual de Michael Fassbender castigando el cuerpo desnudo de Lupita Nyong’o son materia para otro artículo.)

Resultaría injusto escamotearle al esteticismo extremo de McQueen algún que otro logro. En una época de inmediatez que apenas ha sabido digerir el estilo MTV, en la que los planos de más de dos segundos de duración parecen proscritos, McQueen, al igual que Michael Haneke, entiende que hay pocos recursos más subversivos que el plano fijo. Así se demuestra en la escena del linchamiento frustrado del protagonista, prodigio de composición y manejo del tiempo cinematográfico que en su búsqueda de la angustia mediante la mirada inmóvil y distanciada no desentonaría en la filmografía del autor de Funny Games (1997).

12 years hanging2

Partiendo de que la esclavitud tiene que ver con relaciones de poder, opresión y resistencia, salta a la vista la relevancia de prestar más atención a las mujeres esclavas en su posición de subyugación múltiple. La presente oración contiene más palabras de las que Kerry Washington llega a pronunciar en su papel de esposa de Django. A su vez, en cuanto Solomon abandona la plantación de Epps (Fassbender) para reunirse con su familia, el guion de Ridley decide ignorar por completo el sufrimiento de Patsey (Nyong’o). Ambas desempeñan un rol meramente funcional en la narración. No parece probable que en un futuro reciente veamos un film que re-imagine sus historias.

Por esta y otras razones, aún habrá que esperar por la aparición de la película definitiva sobre la esclavitud. ¿Quién podría realizarla? Probablemente, no un director italo-americano capaz de declarar sin ruborizarse que en otra vida fue un esclavo en los Estados Unidos del siglo XIX. La última ganadora del Óscar a la mejor película estaba escrita por un guionista negro (con una visión de las desigualdades raciales más que discutible) y dirigida por un artista negro. Pero la mayoría de productores eran hombres blancos, tal como los miembros de la Academia que votaron por ella. Quizás aplicar un veto racial al tema de la esclavitud no sea la respuesta. Ahora bien, parece un deseo legítimo que llegue el momento en que la comunidad blanca deje de controlar la experiencia de la comunidad negra.

Advertisements
This entry was posted in cine and tagged , , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s