La máscara de la tristeza

I

Si aceptamos que “El poeta es un fingidor”, como alertaba Pessoa, se puede entender que ciertas estrellas mediáticas lleguen al nivel Meg Ryan de simulación. La exposición pública de un icono del pop multiplica la necesidad de inventar personajes tras los que camuflarse. El caso de Bowie, convertido ya en cliché, resulta paradigmático, habiéndose metido en la piel, según la época y las modas, de Ziggy Stardust, Aladdin Sane, el Duque Blanco o su más reciente metapersonaje.

MetaBowie

MetaBowie

Bowie, igual que Beyoncé y su hipersexualizada y polémica Sasha Fierce, Elvis en las Vegas disfrazado de pavo real antropomórfico, Madonna poniendo de moda los tatuajes de henna, o los Beatles descubriendo un sitar: de ellos se esperaban estas reencarnaciones (o se han constituido, en el imaginario colectivo, como acontecimientos proféticos, inevitables, caso de Dylan volviéndose eléctrico). Otros músicos venden una autenticidad inquebrantable, Springsteen como ejemplo paradigmático: ni las giras a 150 euros la entrada parecen dañar su imagen perenne de working-class hero. No tendría mucho sentido, a estas alturas, un giro radical en su personaje público, con nuevas máscaras con las que jugar.

El jefe es un one-trick pony, un artista con una trayectoria estilo Ruta 66, larga y rica, sí, pero unidimensional. Si escuchamos sus canciones recordando que a los dieciocho no dejó embarazada a su novia, que no luchó en Vietnam, o que a estas alturas no solo no hace la compra en el supermercado de al lado, sino que, ejem, ni siquiera se enamora de las cajeras, su música empieza a sonar hueca, ridícula, grandilocuente en nuestros oídos. Mejor aceptar la imagen de chico (sexagenario) de la calle.

Insértese la cara de Springsteen.


En cambio, otros artistas no viven de la autenticidad, lo que les da mayor libertad para jugar con los personajes que van creando. Tomemos los Smiths, grupo deprimente por antonomasia. Ya sabéis, “Heaven knows I’m miserable now”, “I know it’s over, and it never really began”… Sin embargo, la ironía y el tono redimen las letras de Morrissey. Cómo si no interpretar la madre de todas las tragedias homosexuales: “There’s a club, if you’d like to go / You could meet somebody who really loves you. / So you go and you stand on your own, / And you leave on your own, / And you go home, / And you cry and you want to die”. Si quisiera que nos lo tomásemos en serio, no cantaría estos versos finales tan atropelladamente, consciente de que un poco más y se le escapa la risa; igual que tampoco soltaría esos juguetones “I know, I know, it’s really serious” para describir el estado de su “Girlfriend in a coma”.

Ya en solitario, esa faceta teatral y burlona resulta aún más pronunciada, llegando al mesianismo de perdonar a Jesucristo. A diferencia de Springsteen, Morrissey juega con la ambigüedad, hasta el punto de “parecer un depravado y abogar por el celibato”, en palabras de cierto cantautor norteño que habrá de seguir su ejemplo.

 

II

El poeta fingidor de Pessoa “Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente”. El personaje público de Nacho Vegas (no tanto el de entrevistas y publirreportajes como el de sus propias composiciones) se empapa de ese dolor, dejándonos la duda de si es real, simulado o en diferido.

Al Vegas fingidor me lo descubrió una mano anónima, cuando saqué de la biblioteca de mi barrio “Actos inexplicables”. Junto a los primeros versos del álbum (“Esto es para decirte
que aquí está empezando a nevar. / La playa parece un oso que duerme junto al mar. / Es una extraña mañana de febrero en Gijón”), alguien había apuntado a lápiz: “¿Nevar? ¿¡En Gijón!?” Toda una hostia de realidad con la que comprender que no era un ser humano sino una persona poética a quien estaba escuchando.

El sambenito de “Nacho Penas” dificulta el objetivo último de este texto: demostrar que Vegas es un cachondo (o dejándome llevar un poco menos: que tiene sentido del humor). Que sí, que quien quiera puede cortarse las venas tarareando Ocho y medio, pero también puede sorprenderse a sí misma escuchando con una sonrisa en los labios.

Se intuye cierta falta de práctica.

Se intuye cierta falta de práctica.

Que no nos engañe la crudeza, la pornografía emocional de algunos cortes de sus primeros discos, cuando parece transmitir sin mediación ni distanciamiento estético que “en este horror no hay literatura”. Hay una mirada socarrona debajo de la máscara de la tristeza. Como mucho, ironía, objetarán algunas. Y de eso también hay, a patadas, por ejemplo al rememorar el tiempo en que su relación con Christina Rosenvinge era fuerte y grande… “igual que las torres gemelas / allá en Nueva York”. Pero Vegas también puede vestirse de inocencia encantadora, haciendo que su alter ego infantil se pregunte, frente a un calendario: “En diciembre, el 31, ¿se acabará el mundo?

Algo más de colmillo se intuye en su costumbrismo con mala baba política y social, donde señoras “de aspecto amable y peinado imposible” discuten el tiempo en el ascensor, personajes al borde de un ataque de nervios solo beben te (difícilmente autobiográfico) y leen “entera La Razón”, o un policía nacional “estudió una vez y consiguió sacar la oposición”.

Pero que su multitud de detractores y Russian Red no se preocupen: Vegas también tiene tiempo para la autoparodia: lo mismo te reconoce no haber sido un gran amante (“más de una lo querrá atestiguar”) que se enfrenta desde fuera a su propia fama de agonías: “Por allí llega Nachín con otra lúgubre canción”; o a su proyectada ambigüedad sexual: “es medio maricón y se meaba en la cama hasta los diez” (de nuevo… ¿autobiográfico?).

Ahora bien, el humor negro encaja mejor que los anteriores en su mundo creativo, y el más oscuro que yo recuerde está en “El ángel Simón”, tema que relata las sensaciones y recuerdos que suceden a la muerte de su padre. Entre referencias a manchas oscuras en el colchón donde se halló el cadáver y a vivir con miedo a tu propia vida, el “yo” de la canción nos cuela la broma que el “finado” solía gastarle a sus hijos: “al pasar delante de una funeraria, / nos decías: ‘Agachaos, / no vaya a ser que os tomen las medidas’”.

Decía Wilde que la vida imita al arte. Yo, desde el día que saqué el disco de la biblioteca de La Calzada, por lo que pueda suceder, cada vez que camino por delante del número 30 de la calle de Los Moros, agacho la cabeza y me encojo, e intento pasar desapercibido.

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