Pequeño atlas de crueldad humana

Se hace eco Umberto Eco[1] en su Historia de la belleza (2004) de la equivalencia que en diferentes etapas históricas se ha establecido entre lo Bello y lo Bueno. Por supuesto, no se trata de una relación esencial, sino de una convención; de hecho, existen casos muy llamativos de grandes creadoras capaces de lo peor en su vida privada. Intuitivamente, parece que la bondad y la maldad son categorías morales que guardan poca relación con el Arte (¿acaso la única palabra que merece siempre comenzar con mayúscula?) Incluso aceptando la tesis de John Gardner, para quien el arte verdadero es intrínsecamente moral, abundan los ejemplos de genuinos creadores de moral conflictiva. Cuando la obra de una artista de enjundia se hace acompañar de dudas razonables acerca de su calidad humana, el público no siempre consigue abstraerse del ruido. La duda es si tan siquiera debería intentarlo.

En casos así talento y bondad parecen elementos inversamente proporcionales. Por otro lado, ¿será la gente sin talento buena, en el sentido machadiano de la palabra? No tengo motivos para dudar que Paulo Coelho sea una bellísima persona, pero a juzgar por los escalofríos que me produce su santurronería mística desearía no tenerlo nunca a una distancia inferior a una docena de monjes budistas cargados de flores de loto.

Fritz Lang no haría daño a una mosca. Pero a ti sí.

Fritz Lang no haría daño a una mosca. Pero a ti sí.

Mi clasificación de energúmenos brillantes la encabeza Fritz Lang, famoso por sus maneras de dictador en el set de rodaje (su parche en el ojo, me imagino, lo haría aún más terrorífico). Pero entre el blanco de la santidad y el negro de la cabronería existe una gama infinita de grises: la falta de escrúpulos de Lang a la hora de maltratar a los intérpretes a sus órdenes (“llevar al límite”, para las amantes del eufemismo) bien puede compensarse con su renuncia a convertirse en el director estrella del emergente nazismo (“honor” que acabaría por recaer en la cineasta Leni Riefenstahl).

Crueldad y Arte también se han dado la mano en España. A Furtivos (1974), la película de José Luis Borau, la fama le viene por: a) radiografiar con precisión quirúrgica la España más negra del tardofranquismo, y b) contener una escena en la que se apalea a un perro hasta la muerte. Como le ocurre a Sánchez Ferlosio con la “fiesta” de los toros, de esa escena no me molesta tanto el sufrimiento en sí del animal, como la innecesaria crueldad de las personas (Borau tras la cámara, Lola Gaos delante) que participan en el proyecto. Encuentro interesante una circunstancia: la escena no está rodada de manera que, inevitablemente, la audiencia descubra que no hay truco. Llena de cortes y con omnipresencia del montador, no colaría en ninguna snuff movie ni cinta pornográfica. Diría más, ciertas escenas brutales de, pongamos, Haneke o Pasolini, bien parecen más “auténticas”. De ahí que nos preguntemos, inevitablemente: ¿Y si nunca llegamos a descubrir que el perro estaba siendo realmente apaleado? ¿Cambiaría nuestra percepción del resultado? La verdad puede hacernos tan libres como infelices.

Primer resultado de googlear "lola gaos borau".

Primer resultado de googlear “lola gaos borau”

Compaginar la concienciación feminista con el gusto por el cine de autor resulta también una fuente inagotable de quebraderos de cabeza. De Fellini a P. T. Anderson, pasando por Buñuel o Godard, ¿quién se libra de la acusación de machista? Ahora bien, la misoginia de la escena de Guido con su harén de mujeres en 8 ½ (1963), o el papel de la terrorista de Miranda en El discreto encanto de la burguesía (1972), no consiguen empañar la calidad de esas dos películas. ¿O sí?

¿Cuánta importancia tengo que darle a que Calamaro luzca tatuajes taurinos y jure amor eterno a nuestro rey padre? ¿O a que a Jaime Urrutia le ponga tanto la estética fascista, como reconocía hace unos años en “La ventana”? No en vano la filiación política también es fuente inagotable de sospechas. Que Javier Bardem perteneciese a “los de la ceja”, o que compagine la vida de una estrella de cine con la defensa de causas sociales,[2] lleva a que muchos elijan obviar la verdad que esconde su interpretación de (por no decir “simbiosis con”) Santa en Los lunes al sol (2002). De Dalí no recuerdo qué me molesta más, si sus tendencias filofranquistas o la agotadora presencia de su obra y su persona en posters y adornos de todo tipo y condición. De Elia Kazan aceptamos que era un chivato que no se vestía por los pies, pero La ley del silencio (1954) parece un argumento de peso para concederle el indulto.

Pie de foto a gusto del consumidor.

Pie de foto a gusto del consumidor.

Hace unos años, a Nacho Vegas le llovieron palos por criticar a Lourdes “Russian Red” Hernández. A la pregunta de si se consideraba de izquierdas o de derechas, Hernández respondía que, si se tuviese que decantar (sic), elegiría la derecha. Concedía Vegas que tiene sentido que Hernández se declare de derechas, puesto que su objetivo es escribir canciones bonitas. Si se me permite la comparación, algo parecido sucede con Borges. No se trata tanto de que su literatura sea abiertamente fascistoide o conservadora. Más bien, mientras García Márquez escribía sobre multinacionales bananeras masacrando a sus empleados, o Rulfo sobre familias de campesinos que valen tanto como una vaca, o Fuentes sobre la corrupción de la Revolución Mexicana, Borges proponía juegos metafísicos. Decía el Nobel de la Paz Desmond Tutu que quien se mantiene neutral ante una injusticia ya ha elegido el lado del opresor. Incluso obviando la admiración de Borges por ciertos dictadores, es la falta de intención política la que convierte su producción en un elemento político – inevitablemente conservador.

Hay en la novela de Jonathan Franzen Las correcciones (2001) un personaje llamado Chip. Su cabeza le ha convertido en un profesor universitario y brillante académico en el campo de los Estudios Culturales, conocedor de cómo los medios manipulan a las masas y de la necesidad de combatir la heterosexualidad compulsiva; pero sus tripas le hacen rechazar a su amante cuando esta se presenta con un look andrógino en lugar de prendas tradicionalmente femeninas.

Ver pie de foto anterior.

Ver pie de foto anterior.

Borges hace de mí un pequeño Chip. Como a cualquier persona de bien, se me revuelven las tripas al verle fotografiado, ufano y sonriente, junto a Pinochet y Videla. Pero, como no soy chileno ni argentino, ni familiar de desaparecidos, puedo permitirme el lujo de admirar a Borges. Negar esa admiración equivaldría a hacerme trampas al solitario. Mi cerebro se hace más libre al leer El Quijote en versión de Pierre Menard, al adentrarme en la biblioteca de Babel, que contiene todos los libros posibles, o al descubrir que Judas fue nuestro auténtico salvador. Váyase lo comido por lo servido.

[1] Perdón.

[2] Reclamo ya mismo un equivalente español a esa maravillosa expresión anglosajona, Smoked-Salmon Socialist. Lo siento, Wikipedia, pero “izquierda caviar” no me convence.

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4 Responses to Pequeño atlas de crueldad humana

  1. Pau Ladybug says:

    Vaya Judas en que te has convertido!!! jajajja Concuerdo contigo en que hay aspecto de ciertos “artistas” que molestan. Para mi eso es lo esencial a las expresiones socio-culturales e históricas. El tan llamado “Arte” entra en conflicto con lo moral y genera un cuestionamiento. Si una expresión de esas no logra hacerlo, para mi, no sirve. Para mi, las expresiones culturales (llamadas tb artísticas) tienen que ser útiles a quienes las apreciamos, entrar en conflicto con lo cotidiano, con lo moral. No voy a entrar en la discusión de si son o no reflejo de tal o cual realidad pero si que en muchas ocasiones esas expresiones no pueden ser desmembradas de su creador. Así, lo moral (lo que se sabe pero no está escrito) juega su parte en el proceso tanto de creación como de recepción.

    • Querida y anónima Pau Ladybug:

      Estoy de acuerdo en que toda experiencia artística (y casi diría que vital) tiene que conllevar una intencionalidad, digamos “moral” o “política” o “de compromiso”, para tener absoluta validez. Entiendo que en la mayoría de ocasiones, como tú dices, lo que no está escrito se sabe; el problema, pienso yo, reside cuando el conocimiento previo del contexto de creación nos condiciona a la hora de valorar la obra resultante. Yo soy el primero que estoy sujeto a ese tipo de prejuicios, útiles en muchos casos a la hora de hacer criba, sobre todo en una sociedad que pone tantos productos a nuestra disposición; pero que también puede llevarnos a ignorar o tratar injustamente obras que merecen mejor suerte.
      En fin, un tema complicado, pero puestos a desdeñar a algún o alguna artista, mejor que sea alguien que se lo haya ganado a pulso por su conducta indeseable.

      • Pau Ladybug says:

        Mr. Peinado, 😛
        Te recuerdo que esa conducta indeseable de la que hablas no siempre fue considerada así. Para mi la conducta indeseada por las so-called Arts está más asociada a quienes creen(mos) que el arte no es solo expresar buena prosa sino que también plantear una arista divergente al o sobre el contexto que nos rodea. Para mi esos indeseable de los que hablas son más deseables para la “academia” ya que no plantean una posición “tan clara”, más bien esa deliciosa catarsis de “excelente” creación…
        Son la palabras de una humilde indeseable 🙂

  2. Por supuesto, con “indeseable” (término totalmente subjetivo) me refería a quienes resultan indeseables para ti y para mí: quienes apoyan injusticias o llevan a cabo o permiten actos de crueldad como los expuestos en el artículo (aunque esas personas, como bien dices, en muchas ocaciones resulten las más “deseables” para el establishment).
    ¡Tres hurras por esas divergencias de las que hablas!

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