“Sobre el terreno, París, como la mayor parte del mundo, era inhabitable…” (elegía)

El 12 de marzo de 2004 vi Kill Bill: Volumen 1 por primera y última vez. La aborrecí al instante. En mi mente los miembros amputados a golpe de katana en Okinawa se confundían con los de pasajeros de un tren de cercanías (no sabría decir si había visto, leído o escuchado esos miembros, pero estaban ahí, entre los calamitosos esfuerzos de Tarantino por recobrar su talento para el diálogo ágil). Dos días después me sentía más animado: voté a IU y ganó ZP. Nunca había estado en Madrid.

Anoche, cuando el contador de muertes en París alcanzaba la centena, dediqué 26 minutos y 38 segundos a ver La Jetée (1962). Como la broma macabra de un examen sorpresa, apareció ante mí un París postapocalíptico donde las ruinas evocaban la grandeza perdida y la taxidermia había sustituido a la vida. El viajero en el tiempo nace, contempla la belleza, descubre el amor y cae abatido, para después renacer, extasiarse ante un rostro, desear lo que ese rostro promete y perder la vida de nuevo, en un eterno retorno que en una noche como la de ayer adquiere nuevas connotaciones – tantas como le queramos dar. Quizás ese era el momento ideal para descubrir La Jetée y bañarse en la luz de la ciudad de la luz, vista desde las tinieblas, como lo hace Chris Marker. Nunca he estado en París.

El viajero en el tiempo

¿Habré visto alguna película inolvidable al mismo tiempo que bombas explotaban en Beirut o Bagdad? Seguro que me he maravillado con algún párrafo perfecto mientras una patera naufragaba horas después de abandonar Siria. Por no pensar en las risas que me habré echado con esa serie mientras [inserte aquí su atrocidad preferida, empieza a vencerme el pudor]. Acciones todas ellas de las que ni soy consciente, y sin embargo, parecen tan reales, tan terribles.

La contemplación

La contemplación

No recuerdo haber visto ninguna película la noche del 11 de septiembre de 2001. Pero sí recuerdo la caída en televisión, qué hice yo desde mi insignificante distancia aquel día, y con quién. Por supuesto, nunca había estado en Nueva York. Ni falta que me hacía: Nueva York, como Madrid, como París, habían estado en mí. Prometo hacer acto de contrición: para sentir como propias todas las muertes no occidentales, ajenas e injustas, dejaré de saltarme la sección “Internacional” del periódico. Mañana empiezo.

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