El mar

Una familia acomodada, un hermano y una hermana unidos por ominosos lazos, y una misteriosa niñera: El mar (2005), de John Banville, erige su castillo de ambigüedades al cobijo de Otra vuelta de tuerca (1898), joya gótica de Henry James. “Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea”. Así comienza, en traducción de Damián Alou, la narración de Max Morden, quien rememora lo acontecido medio siglo atrás, en un pueblo costero, durante el verano que habrá de cambiar su vida. En su historia no hay fantasmas, pero sí seres totémicos.

Los dioses paganos son los Grace: Carlo, el patriarca, velludo como un sátiro y con ojos punzantes de resonancias satánicas; Connie, su esposa, cuya ambigua relación con Rose, la institutriz, contribuye a crear una atmósfera escabrosa; y sus hijos, gemelos en una malsana fraternidad, Myles y Chloe: el primero, una suerte de bestia infantil muda; la segunda, una joven manipuladora y violenta, satisfecha de extender su influencia sobre Myles y Max.

El Max niño, evocado desde la madurez del narrador, permanece en los márgenes de la familia, un espectador privilegiado que espía desde la copa de un árbol o escucha tras una puerta cerrada, a la manera de un torpe Prometeo intentando desentrañar el secreto de los dioses. Como contrapunto, el Max del presente es un veterano historiador del arte, y como tal, conoce el valor de la vista y la perspectiva. Su narración a base de cuadros impresionistas reelabora un retablo en el que las escenas de significado incompleto adquieren sentido aprehendidas en conjunto.

John Banville, en pose de escritor.

John Banville, en pose de escritor.

Banville presenta mirar como un acto performativo: en su mundo, mirar con envidia, deseo u odio equivale a envidiar, desear u odiar. En el juego de miradas, Max observa y es observado, y es observado mientras observa. Consciente de que la identidad individual se construye en el acto social, Max, sumido en una crisis existencial a raíz del fallecimiento de su esposa, necesita mirar y ser mirado para saberse vivo.

Como James, Banville se apoya en un narrador poco fiable, constantemente indeciso, al tanto de la naturaleza de los recuerdos como construcciones subjetivas. En la complejidad del pensamiento y la expresión de su narrador homodiegético, el novelista irlandés se confirma como un estilista flaubertiano. Irónicamente, en la frustrante búsqueda de la palabra exacta, parece compartir con su paisano Samuel Beckett el escepticismo respecto al lenguaje.

La memoria de Max configura un Libro de los Muertos dedicado al tiempo que no volverá. Finalmente, la novela se revela como una elaborada meditación sobre la memoria y la imposibilidad de liberarse del pasado. El mar se expande en un ir y venir temporal que, como las olas en la tarde de tormenta que despide a los dioses, produce vértigo y resaca en narrador y lectores.

 

Esta reseña aparece en el número 4 de The Rocketman Project

El mar está editado en español por Anagrama

 

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