Las cinco traiciones (y media redención) de ‘T2 Trainspotting’

La traición número 1: Trainspotting arremetía contra todo. La alergia de la novela de 1993 y de la película de 1996 a la moralina redentora las alejaba de otros retratos de jóvenes desfasados que marcaron a la generación que por primera vez se asomaba a la cultura a principios de los noventa. Mientras la Mala onda de Fuguet (1991) incidía machaconamente en el despertar de Matías Vicuña a las atrocidades del régimen militar chileno, y la asepsia moral de las Historias del Kronen (1994) se veía algo empañada por un epílogo innecesario con psicólogo incluido, en el Trainspotting de Welsh no había lugar para al arrepentimiento y la redención. Del distrito edimburgués de Leith había surgido un Menos que cero (1985) con verborrea y oído para la jerga y el diálogo. Que hace dos décadas Boyle se entregase sin rubor a la inmoralidad juguetona de los personajes de Welsh hace más sangrante lo que propone en T2. En cualquier otro universo sería perfectamente verosímil el personaje que vuelve a casa veinte años después y siente pena por el padre solitario o remordimiento por la madre ausente. Pero no en el Leith de Renton, para quien esos bien pensantes mayores que juegan al bingo en el club social de la esquina solían ser obstáculos a superar en el único camino libre de hipocresía: el de la autodestrucción.

rentonfeliz

Todo lo malo de T2, resumido en una imagen

La traición número 2: a falta de una traducción mejor de mess, T2 es un revoltijo de ideas y situaciones, lo que posiblemente se explica por el intento de amalgamar dos novelas, Trainspotting y Porno, en una sola película. Y no se pide aquí una estructura de presentación-nudo-desenlace convencional, ni una unidad de tiempo, espacio y punto de vista: la narración episódica de la primera parte funcionaba porque tendía a un fin, igual que la novela; lo que se perdía en cohesión narrativa con los saltos de perspectiva se ganaba sobradamente en frescura y ritmo.  En T2, la acción avanza a trompicones, personajes aparecen y desaparecen sin razón clara, mientras posibles líneas argumentales se quedan en nada.

La traición número 3: Trainspotting era una película de interiores: habitaciones minúsculas donde pasar el mono a pelo, pubs donde dar rienda suelta a instintos camorristas, o incluso retretes donde bucear en libertad. La forma de hablar de los personajes y sus vivencias eran más que suficientes para convertirla en un paradigma de lo escocés. Por eso chirría más el Edimburgo de postal de T2, desde el preciosismo con el que están rodados campos y montañas hasta las características calles empinadas de la capital. Si con Trainspotting dabas gracias por estar presenciando esas escenas desde la cómoda lejanía de tu sillón, con T2 te entran ganas de organizar un tour con la familia. Y esto nos lleva a…

“¿Quién necesita T2 si hay T1?”

La traición número 4: T2 no da miedo, ni oprime ni angustia. Como ejemplo de la falta de colmillo de esta secuela tenemos la escena de la fraternidad protestante de los Orange: en la ficción de Welsh, sus miembros están a medio camino entre hooligans y supremacistas unionistas; en T2, parecen sacados de una reunión del Imserso y dan menos sensación de amenaza que las fotos de Casa Pepe. Otro tanto sucede con uno de los personajes más queridos y complejos de la saga, Begbie. El que antes era un psicópata cotidiano de los que todos hemos conocido ejemplares reales, a quien era mejor tener en tu grupo de amigos que en la mesa de al lado, ahora se ha convertido en un malo de manual hollywoodiense que hace poco más que perseguir y amenazar al protagonista.

La traición número 5 (la más grave de todas): T2 es (a ratos) aburrida. Pensemos en cuántas veces nos reímos con la primera parte (única respuesta posible: un montón). ¿Y con la segunda? Resulta enternecedor ver T2 en el cine, rodeado de fanáticas de la original, dispuestas a poner de su parte para que no les estropeen el mito: ¡mira qué cambiado está Renton! En lugar de patearse las calles empedradas de Edimburgo ahora se dedica a hacer jogging, jajaja, y sí, ahí está de nuevo ese cabrón de Begbie con su mala hostia, jaja, y el pobrecillo de Spud, que sigue colgado y con la cara de tonto de siempre, ja. Y a partir de la cuarta o quinta escena, se esfuma definitivamente la esperanza de que T2 les dé razones para reír.

La media redención: es difícil de narices hacer la segunda parte de una película que ha marcado a tanta gente. La única manera de plantear una secuela de Trainspotting es haciendo una película sobre Trainspotting, de ahí que entre los puntuales destellos de brillantez de T2 encontremos el amago de hacer sonar “Lust for Life” en la primera visita de Renton a su casa de Leith, o la actualización (un tanto forzada, todo sea dicho) del célebre monólogo “elige la vida”. Pero más que una remezcla o una nota al pie del original, T2 se queda en ejercicio de nostalgia, esa palabra maldita de la que reniega la compañera de Sick Boy, pero que tristemente actúa como motor de esta secuela.

train_renton_3

Al llegar a los títulos de crédito finales, no podemos evitar sentirnos un poco como Sick Boy, Begbie y Spud al descubrir la traición de Renton: alguien nos ha quitado nuestro dinero, ¿pero acaso cabía esperar otra cosa?

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